martes, 7 de enero de 2014

Basura

El otro día una amiga me hizo abrir los ojos.
Ella se niega a reciclar. No es un asunto ecológico, sino económico. Y además… tiene razón.
Pongo por ejemplo mi caso:
En mi pueblo existían, hace unos cuantos años, los archiconocidos contenedores verdes, a los que uno iba con su bolsita, a cualquier hora del día, la tiraba y listos. En casa había un cubo de basura y cada vez que se llenaba te deshacías de su contenido.
Si lo pensamos bien, es la forma más práctica de gestionar el tema doméstico.
Hubo cambio de gobierno ya que ganaron los Socialistas. Y estos, siguiendo la moda “políticamente correcta” se pusieron a reciclar.
Se les ocurrió lo del “PAP” (todo tiene que tener sus siglas) Puerta A Puerta.
Para empezar tenias que hacer sitio en casa para cinco categorías diferentes. Como las casas y sobretodo las cocinas, tienen sitio de sobra para almacenar basura nadie tuvo ningún problema para adaptarse. Cada uno tuvo que comprar varios cubitos de colores, meterlos donde pudo, y volverse ecológico. El del orgánico, el de envases, el de cristal, el de desecho y el papel… ¡ya te apañarás!
La organización de los día, también fue ejemplar.
El cristal, los viernes. De forma que si te tomabas unos vinos o unas cervezas el fin de semana, te tocaba aguantar los envases seis días.
El orgánico, tres veces por semana. Empezando por el martes. De manera que, en verano, los restos de las comidas del domingo te las guardabas en casa un par de diitas (y mira que huele a podrido los restos de melón y pescado, con el calorcillo).
En los comercios y oficinas, el asunto variaba un poco. El papel se recogía los viernes. De esa forma, en el caso de oficinas, el cubo de basura (este sí, de grandes dimensiones, “a ver dónde lo pones en el despacho”) se quedaba todo el fin de semana en la calle, para uso y disfrute de la chiquillería, que te alegraba la mañana del lunes con el bonito juego de; “Donde habrán escondido estos cabroncetes mi cubo, esta vez”.
Este esfuerzo ecológico extraordinario llevó asociado otro esfuerzo económico. El del sufrido ciudadano al que se le hizo ver “claramente” que esto de recoger así la basura era más caro que la forma tradicional. Y que reciclar era también más costoso que tirarlo todo al el vertedero ¿?
Cambio de gobierno de nuevo. Y en esto de la ecología ya no hay vuelta atrás. Y los que antes te ponían el contenedor verde en la puerta de casa se apuntan al carro pero con variantes sofisticadas. Ahora. En vez de un contenedor verde, hay cinco de colores. Esos sí mucho más modernos. Y cada uno de ellos, necesita un camión específico para su vaciado (cinco camiones donde antes se necesitaba uno). Además, como tanto contenedor no cabe en cualquier sitio. Se estudia “concienzudamente”  su ubicación. El caso es que los más cercanos están a más de 200 metros de mi casa. Todo un paseo. Por lo cual, si haces mucha “cosecha” de desperdicios, no te queda más remedio que llevar la basura en coche. Todo un paradigma de la ecología responsable. Llevar a los niños andando al cole, y a la basura en el maletero.
Este sistema es aún más caro que el PAP. Hay que pagar los camiones, el personal “especializado” que sepa utilizarlos (son totalmente automáticos y solo hay que saber aparcar el camión a su lado). Así que ya tenemos un nuevo aumento de la tasa de recogida de basuras.
La pregunta es clara; ¿De verdad es más caro reciclar? Cualquier mejora en el trato a la naturaleza (me opongo a eso del “medio ambiente”) ¿tiene que caer sobre los hombros y los bolsillos del ciudadano de a pie, sin que las administraciones hagan un verdadero esfuerzo por optimizar el resultado?
Después de un buen puñado de años de coleccionar cubos, voy a reducirlos y empezar a retornar a mirar por mi comodidad y mi economía. Es un asunto comercial. Si me dan un buen producto yo cumplo y pago. Si me dan una “basura” (y además cara) yo actuaré en consecuencia.



sábado, 23 de noviembre de 2013

¿Son los ciclistas "personas humanas"?

Al parecer, está científicamente comprobado que cualquier buena persona que se sienta detrás de un volante sufre una profunda transformación sicológica que le hace aflorar todos sus instintos primarios de supervivencia y se transforma en una fiera agresiva.
Si esta transformación Jekyll-Hide sucede en cualquier persona de bien, ¡imaginemos lo que pasa a alguien con carácter habitual de mala leche!.
En mi modesta observación de la naturaleza humana he podido observar que se da también otra situación muy característica y también con ruedas.
Véase padre de familia, de mediana edad, deportista y que los fines de semana se enfunda en un mallot, se pone sus gafas “fashion”, su casco lleno de agujeritos, y se va a dar una vuelta con sus amigos en bici, por la carretera.
Personalmente, no creo que todas las infracciones que les veo semanalmente hacer, las hagan normalmente con su coche el resto de la semana. No conozco otro colectivo que, pese a conocer su fragilidad y las condiciones del medio donde realizan su actividad, tomen su seguridad tan a la ligera y se salten las normas tan descaradamente.
Eso sí. Solo saben quejarse de que los coches no les dejan la distancia reglamentaria de seguridad (lo cual es cierto en muchos casos) pero es que ellos mismos lo ponen difícil.
Vivo en un tramo de carretera especialmente atractivo para estos personajes. Hoy mismo (sábado) en un recorrido de 6 km. me he cruzado con no menos de 50.
Yo vivo en un cruce, donde hasta hace un par de años había un semáforo y ahora hay una rotonda. Además es la carretera N II, no un caminito de nada. Cuando había el semáforo lo más normal es que la mayoría se lo saltasen en rojo. ¡La de veces que he tenido que frenar de golpe para no llevarme por delante a alguno de aquellos que se saltaban la señal en tropel cuando mi luz estaba en verde! Ahora el asunto ha variado poco. Lo del ceda el paso es inexistente. Ellos llegan y se meten. Frenazo del coche, bocinazo, e improperios de los ciclistas a la pobre conductora del vehículo, parada en medio de la rotonda (hoy mismo lo he vuelto a ver).
Lo de circulación es otra guerra. Se suponen que deben circular por el arcén (cuando lo hay) y que lo pueden hacer en parejas. Lo normal es que lo hagan en pelotón, ocupando todo el carril de circulación (el arcén está sucio y pueden pinchar), incluso pisando la raya central, con lo cual, ni adelantándolos por el carril contrario como si fuesen un coche, se puede mantener la distancia de seguridad.
Esta misma mañana en la zona donde hay dos carriles por sentido de marcha, los ciclistas ocupaban la totalidad de los dos carriles. Posibilidad de adelantamiento; nula. Igual que la simpatía de los conductores hacia ellos. ¡Pobrecitos! Es que son los más débiles. Eso sí. No se te ocurra cruzar un paso de peatones cuando ellos vienen. Ahí te van a hacer ver su superioridad. Ellos son los primeros en cualquier ocasión.

Quizá, al leer lo anterior te habrás pensado que les tengo manía a las bicis y a los ciclistas. Nada más lejos de la realidad. Durante cerca de doce años he ido a trabajar en bici. Lo que sucede es que no me gustan los “señoritos” prepotentes vestidos de guacamayo.

lunes, 18 de noviembre de 2013

Parrot

No. No voy  a hablar de un loro (Parrot en inglés), sino de el lio que nos hemos montado gracias a aquel otro “pájaro” que tiene ese nombre.
Lo primero que tenemos que saber es que tipo de ciudadanos somos. Podemos ser de aquellos que pensamos que podemos matar a pedradas a nuestra consorte a la más mínima sospecha de que ha tenido una historia con otro. También podemos ser los de la otra mejilla. O podemos estar en alguna zona intermedia.
Supongamos que somos gente de bien (quizá es mucho suponer). Que delegamos en otros la confección de las leyes, que nos comprometemos todos a cumplirlas y que son iguales para todos (buenos y malos).
Supongamos que creamos los mecanismos para que esas leyes se cumplan y que acordamos unos castigos por cada delito o falta realizada.
Evidentemente esas decisiones las delegamos en determinadas personas “presuntamente” justas, imparciales, razonables y expertas en leyes (digo lo de “presuntamente” porque ya sabéis a que “casta” de sinvergüenzas estamos encargando las labores –éstas y otras- últimamente). No se nos ocurre encargar esta labor a víctimas de delitos, deseosas de venganza que colgarían de donde no suena al tipo que les robó el móvil en el bus, porque se quedó sin esas fotos tan monas de los niños.
Esas son las reglas del juego. Y con esas jugamos.
Pongo un ejemplo; Con cada cambio de sueño, los sucesivos gobiernos han ido decidiendo legalizar y deslegalizar los detectores de radar en los coches. En las épocas en las que han sido ilegales, ha llegado a ser astronómicas las multas por su utilización. No sería lógico que alguien los llevara legalmente y que, tiempo después, se declarasen ilegales y se le multara, no por llevarlos en tiempo de ilegalidad sino porque lo había hecho antes.
Pues en esas estamos. A ciertos individuos se les condenó con las leyes de su momento y con las penas de su momento. Quizá las penas o las leyes no eran muy adecuadas. Quizá. Pero esas eran las reglas del juego. Y si existía un tope de años de prisión y una reducción por determinados beneficios, era lo que tocaba.
Nadie dijo que la pena a un asesino estaría en función del dolor de los familiares de las víctimas y de que estas se reducirían en función del arrepentimiento del reo o de su (perfectamente comprobable, por supuesto) rehabilitación.
Así pues no hay ninguna justificación ni moral ni jurídica para que a un reo, se le amplíe la pena por la cara, una vez ha cumplido su condena.
Otra cosa es que en este país, con excusas más o menos justificadas, nos pasemos la ley por el forro de nuestras partes masculinas y hagamos lo que nos de la gana. Principalmente aquellos que pueden cambiar las leyes sin pedir cuentas a nadie.
Lo más curioso es que esto (la Doctrina Parrot) se creó con la excusa de que algunos presos de terrorismo con miles de años de condena se estaban beneficiando de los antiguos beneficios penitenciarios, pero se le ha estado aplicando a todos los presos que les ha parecido a los mandamases. Por ejemplo; han tenido que liberar a un tipo (“el violador del nosequé”), que seguía encerrado porque se decía que no estaba rehabilitado y que “era peligroso”.
A saber cuanta gente peligrosa anda por ahí y no se les encarcela por eso. Y no se les puede encarcelar ¡Solo faltaría! Por lo tanto, tampoco se les puede retener más allá de lo que les fue impuesto.
No se quien se cree todavía que las cárceles son el medio para rehabilitar a los presos. Como mucho son sitios para tener fuera de circulación a los delincuentes y que, como mucho, no vuelvan a delinquir, sabiendo que pueden repetir en ese alojamiento gratis a costa del estado.
Menos mal que, para algunas cosas sí que nos sirve ser europeos, y nos hemos ganado un buen tirón de orejas.

¡Y más que nos merecemos!

sábado, 2 de noviembre de 2013

Independencia now

A veces tengo algo de profeta. Por desgracia no lo soy en asuntos que me afectan directamente, por lo cual no le puedo sacar provecho (acabo de comprar lotería de Navidad y seguro que no toca).
Hace ya algunos años que eran habituales mis discusiones de salón, más o menos acaloradas, con algunos amigos independentistas. Mi postura era bastante neutral en aquel tiempo. Luego han pasado por nuestras vidas los dos independentistas más grandes que han tenido estos países, llamados Zapatero y Rajoy, que son los que más han hecho porque estemos donde estamos. 
Os voy a reeditar un post de hace cuatro años, tal y como lo edité en si día. Ya veréis cómo hay cosas que no envejecen.


Os propongo una pequeña fábula-comparación.
Ahora que se habla de independentismo, me gustaría hacer un paralelismo con otro independentismo mucho más próximo y común, al que llamamos “emancipación”.
Esta es una familia de 16 hermanos, los España, (he omitido voluntariamente “las colonias” que, mal que le pese a alguno, son eso). En esta familia, y durante unos cincuenta años, estuvieron sometidos a una férrea disciplina, se vestían con el uniforme escolar y el abuelo Paco, el “Patriarca” era quien decidía todo.
Cuando el  Patriarca murió tuvieron que apañarse en vivir solos, tarea difícil, debido a la falta de costumbre. Pero los España son espabilados, y después de un cierto tiempo de acoplamiento y tropiezos (hostias, más bien) aprendieron a salir a delante. Como en cada familia, los había mayores y pequeños, más listos que otros, más estudiosos, más trabajadores, mas emprendedores, incluso, con más suerte que otros.
Al principio, se repartieron las tareas y los ingresos (¡qué socialismo más bonito!). Cada uno aportaba a la caja común un porcentaje de sus ingresos.
Cada uno definió su identidad y pudo vestir como quería, así como elegir la forma de emplear su tiempo libre, o sus compañías.
La familia compró un par de coches, y algún ciclomotor, para sus desplazamientos. Y se decidió que una parte de los ingresos se emplearía en cubrir los gastos (alquiler, luz, agua, gasolina, comida, médicos, transportes, etc.,)  y el resto se repartiría a partes iguales.
Con el tiempo (y como es natural) a cada uno le fue de diferente manera. Hubo quien se quedó sin trabajo, quien trabajaba como un burro, y quien se metió en negocios y que le fue francamente bien.
Carlos, el empresario, empezó a tener más ingresos, pero también más gastos. No podía estar pendiente de los vehículos familiares, los cuales (cuando no se usaban para necesidades comunitarias) se repartía su uso de manera equitativa. Así que se compró un coche. También tuvo que comprarse ropa y un montón de cosas, necesarias para llevar a delante su negocio.
Hubo otros hermanos que, al estar empleados, les bastaba con el transporte público, y en sus empresas le proporcionaban lo necesario para trabajar.
Todos seguían recibiendo su asignación, con lo cual tanto Carlos como Antonio, el desempleado, disponían de dinero para disfrutar de sus fines de semana. Aunque éste último no pudiese aportar nada a la economía familiar (¡Ya llegarán tiempos mejores!).
Así pues, en los fines de semana, Carlos dejó de utilizar los vehículos familiares, ya que disponía del suyo. Paradójicamente Antonio era quien más los usaba, ya que había horas en que (aunque no era su tiempo) el vehículo estaba libre, debido a que los demás estaban trabajando.
He de destacar que, como familia moderna que son los España, todos colaboran por igual en la tareas domésticas, y cuando les toca, tanto Carlos como Antonio, van al supermercado o hacen la colada por igual.
Hay, eso sí, algunas diferencias.  Antonio siempre come en casa y Carlos no lo puede hacer nunca. No por eso Carlos dejaba de pagar la parte que le correspondía para la comida o el mantenimiento de los vehículos familiares. Su porcentaje es el mismo que el de todos (no así la cantidad).
Llega el día que los España, consideran que es de justicia aumentar la asignación de Carlos, para compensar las 12 horas diarias que trabaja. Así que todos aportan una pequeña parte de su paga, para premiar su esfuerzo. También hay que decir, que desde que al empresario le va bien, las asignaciones de toda la familia han subido notablemente, con lo cual, a pesar de esa donación, todos los miembros de la familia reciben bastante más que un tiempo atrás. Incluso Antonio cobra más que cuando trabajaba (en broma, los demás lo llaman “peonada”).
En una ocasión se reúne la familia y deciden que a aquellos que se hagan cargo de determinados gastos de manera habitual, se les asignará una cantidad mensual para ello y así no tendrían que pedir dinero, por ejemplo, cada vez que cogen el autobús.
Un día Carlos  hizo sus números y reunió a la familia:
Les explicó:  ”Sé que me habéis subido la asignación, pero no es suficiente. Tengo muchos gastos, a pesar de que me administro bien, no uso muchos de los bienes y servicios de la familia (vehículos, comidas, etc.), y el resultado es que el fin de semana tengo menos dinero que, por ejemplo, Antonio. Considero correcto que, ya que trabajo tanto, por lo menos tenga algo más de dinero que el que no aporta nada a la comunidad. Pienso que es justo. Me gusta vivir en familia. Todos nos ayudamos, se optimizan los gastos y los trabajos comunitarios, y es agradable vivir con los tuyos. Pero he hecho números, y si viviese por mi cuenta, a pesar de pagar un alquiler yo solo, la luz, el gas, y todo lo demás, tendría mucho más dinero que en la situación actual. Y vosotros mucho menos. O sea que tendríamos que equilibrar las cosas”.
Los España se pusieron como una moto (sobretodo Antonio). Le tildaron de “insolidario” (él que era el principal ingreso de la familia) que era un egoísta al pedir más dinero, después de que ya recibía más que los otros. Y le dijeron que se olvidase de dejar el hogar familiar. Que no tenía ningún derecho a marcharse y que no se lo iban a permitir.
Carlos se quedó atónito. Esperaba que, como buena familia que eran, lo hubiesen tratado de convencer, le hubiesen mostrado su afecto, e intentado calmar. Que hubiesen hablado del asunto e intentado negociar el problema. Que le hubiesen reconocido el bienestar que estaba proporcionando a la familia, sentir su agradecimiento por ello y que eso se plasmara en su asignación.
En vez de esto se encontró con una familia que quería mantenerse unida ¡por la fuerza!
De repente se acordó del Patriarca.
Nunca se puede mantener a nadie unido a la fuerza. Cualquier pueblo que se siente a disgusto dentro de una Nación y quiere firmemente separarse de ella, lo acaba haciendo. Sólo hay que aprender de la historia. La inteligencia de los gobernantes se demuestra cuando, por las buenas, se evita que se llegue al punto de no retorno.
Hasta ahora se está haciendo muy mal. Demonizando a aquél al que debería agradecerse. No es el camino.
No me gustaría que llegase el momento que debiera tomar partido, por unos o por otros. Tener que dejar de ser catalán o español, para ser sólo una de las dos cosas. Me quedaría en la mitad. En ese momento no me quedaría más remedio que mirar el corazón y ver qué es lo que más le conviene.
Mi corazón, cómo en la mayoría, está en mi familia. 
Familia que, como todas, y espero que por las buenas, un día se emancipará.

Individuo

Hoy os voy a hablar de un individuo que conocemos todos los conductores.
Es un tipo (seamos políticamente correctos) o tipa cuya actitud nos exaspera a todos y no nos deja más remedio que la protesta solitaria dentro de nuestro vehículo o, como mucho, el bocinazo de desahogo. Aunque muchas veces te quedas, momentáneamente, con ganas de darle un buen cachete al susodicho individuo (individua), por uno de los asuntos más banales que pueda existir.
El asunto es el siguiente:
Uno conduce su coche a una velocidad “adecuada”. No voy a decir cual. Pero tiene que ver con la prisa que tengamos en ese momento. La velocidad “adecuada” es proporcional a la “prisa” que llevamos. En ese momento nos encontramos en una calle con un solo carril o, en su defecto, con un vehículo posicionado de tal manera que es imposible adelantarlo. Ese vehículo está siendo conducido por el citado personaje/a que, o bien ha decidido darse un tranquilo paseo en coche en hora punta, o bien está distraído/a más pendiente de contarle al compañero de viaje las desgracias de su cuñada que del volante que lleva entre manos.
Huelga decir que la velocidad de dicho elemento/a no es nada “adecuada” sino anormalmente baja.
Uno ve, por encima del coche delantero que allí delante, a unos metros existe una luz verde semafórica que tiene la particularidad de que su compañera de cubículo, de color roja ella, tiene una duración inusitada, horas casi, (ya la conocemos de veces anteriores).
Nos acercamos a la luz. El mundo se ha vuelto a cámara lenta. El mundo sí. La luz no.
En ese momento se enciende la luz ámbar. El individuo/a se percata, le viene la prisa, y acelera. Acelera lo suficiente (no más) para conseguir pasar justo cuando se enciende la luz roja.

Y allí te quedas tú. Jurando en Arameo mientras el tipejo/a sigue tranquilamente con su paseo.